Seguro que algun@ ya sabe a quién va dedicada la manicura de hoy sobre todo si, como yo, es natural de Madrid. Sí, sí; aunque cuando estemos allí nos pasemos el día quejándonos del calor en verano, del frío en invierno, del estrés, la contaminación, los atascos, la vida acelerada, las distancias... cuando estamos lejos, también nos invade la morriña y más en estas fechas ya que, como habréis visto en todos los telediarios, el día 15 fue el día de la festividad de San Isidro Labrador.
Muchos son los milagros que se le atribuyen a este santo aunque, sin duda, el más conocido es en el que salva la vida a su hijo al hacer crecer el agua dentro del pozo dónde éste había caído tras implorar su salvación mediante la oración. Pero no, no es este el motivo que he escogido ya que al acudir a la Pradera de San Isidro vestida de chulapa en lo único en lo que pensaba era en bailar unos cuantos chotis, comer barquillos y, como no, tontas y listas; beber de la fuente no estaba en mi lista.
Por eso, más que una manicura dedicada a las obras y milagros del santo, es una manicura dedicada a mi tierra, a la ciudad que me vio nacer y a su patrón, un labrador madrileño.
Como colores predominantes los identificativos de la Comunidad Autónoma de Madrid, el rojo y el blanco. En el pulgar, en vez de las estrellas de la bandera, los lunares propios del estampado del vestido de chulapa y, en el corazón, Isidro con sus ropajes de labrador, su característica barba y su imprescindible aguijada (vara larga de madera terminada en una puya de hierro para separar la tierra que se pegaba a la reja del arado, abrir pozos de agua, etc.)
De Madrid al cielo.




































